CULTURA

Las cámaras captaron un momento que pronto comenzó a circular en redes: el robot humanoide Green realizando una breve pero llamativa secuencia de baile frente al presidente ruso, Vladimir Putin. A diferencia de presentaciones anteriores, esta vez la tecnología no falló. El autómata logró moverse con precisión, mantener el equilibrio y seguir la coreografía programada, provocando sorpresa y curiosidad entre los asistentes.

La escena ocurrió pocos días después de que otro robot, AIdol, protagonizara un episodio bochornoso al desplomarse en plena presentación oficial. El video fue ampliamente difundido y desató críticas sobre el desarrollo de la robótica rusa, alimentando el debate sobre el verdadero nivel de avance de esta industria. La aparición de Green fue interpretada como un intento de reivindicación: un recordatorio de que los tropiezos también forman parte del proceso de innovación.

Durante la demostración, Green no solo ejecutó movimientos coordinados, sino que mostró estabilidad y respuesta ante el entorno, algo que especialistas destacaron como un avance en control y equilibrio. Putin y los presentes siguieron con atención cada gesto, evaluando no solo el carácter llamativo del espectáculo, sino el potencial tecnológico detrás del robot. La naturalidad con la que se desplazó ayudó a reforzar la sensación de progreso.

Expertos en robótica señalan que estas exhibiciones cumplen dos objetivos: generar impacto mediático y transmitir la idea de que el país continúa avanzando en el desarrollo de inteligencia artificial y automatización. Aunque pueda parecer un simple baile, la secuencia representó la capacidad del sistema para ejecutar movimientos complejos y precisos, algo clave para futuras aplicaciones industriales o de asistencia.

El video de Green no tardó en viralizarse, convirtiéndose en símbolo de resiliencia tecnológica. Tras la caída de AIdol, esta nueva presentación fue considerada una “revanchita robótica” que devolvió entusiasmo a la conversación digital. Para muchos, resumió la realidad del desarrollo tecnológico: avances, errores, mejoras constantes y momentos capaces de captar la atención mundial.

Los robots humanoides se han convertido en uno de los símbolos más visibles del futuro tecnológico. Su presencia en ferias y exposiciones refleja la acelerada evolución de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. Para buena parte del público, estos modelos representan la posibilidad de un entorno donde humanos y máquinas convivan y compartan funciones de trabajo.

La competencia global por liderar el desarrollo de humanoides es cada vez más fuerte. Rusia, consciente de ello, ha decidido mostrar sus avances públicamente. En este contexto surgió AIdol, un robot que prometía ser la vitrina del progreso ruso, pero cuyo debut en Moscú terminó viralizándose por motivos indeseados: el modelo perdió el equilibrio y cayó frente al público, generando memes, burlas y cuestionamientos sobre la calidad tecnológica del proyecto. La escena, acompañada irónicamente por música de “Rocky”, reforzó la sensación de contraste entre expectativas y resultados.

La empresa desarrolladora restó dramatismo al incidente y lo describió como parte del proceso normal de aprendizaje. Sin embargo, la polémica siguió activa hasta la aparición de Green. Su demostración fue muy diferente: Green se presentó en un evento organizado por Sberbank, una de las instituciones que más invierte en inteligencia artificial en Rusia, y realizó una coreografía fluida frente al propio presidente.

Durante el encuentro, Green afirmó ser el primer modelo ruso con inteligencia artificial integrada en un cuerpo físico, una declaración destacada por los organizadores. Putin celebró la actuación con un escueto “Muy bonita”, una frase que rápidamente se convirtió en titular.

No obstante, el momento también dejó detalles curiosos. En el video puede verse a un agente de seguridad colocándose entre Putin y el robot, una medida interpretada por algunos como señal de precaución frente a los impredecibles riesgos de la tecnología. El gesto generó debate en redes sobre si se trataba de un protocolo estándar o de desconfianza.

Aun así, la presentación cumplió su cometido: desviar la conversación del fracaso de AIdol y proyectar una imagen más sólida del avance robótico ruso. Analistas señalan que, aunque Rusia aún enfrenta el reto de ponerse al nivel de China, Japón o Estados Unidos, estas demostraciones le permiten posicionarse en la carrera tecnológica y mantener la atención internacional.

En conclusión, la actuación de Green no solo opacó temporalmente las dudas previas, sino que mostró que la robótica rusa está viva, aprendiendo y buscando consolidarse. El cierre de esta historia dependerá de los próximos avances y de cuánto logren equilibrarse entre el espectáculo y los resultados reales.

El eco de Castel Gandolfo volvió a escucharse en todo el mundo cuando el Papa León XIV, con un tono firme pero profundamente humano, calificó como “extremadamente irrespetuoso” el trato que reciben miles de migrantes en Estados Unidos. Sus palabras, pronunciadas durante un encuentro con periodistas, rompieron la calma de la tarde italiana y encendieron un nuevo debate internacional. No fue un discurso preparado ni una homilía solemne, sino un mensaje directo, nacido de la indignación y la compasión.

Desde el inicio, el Pontífice dejó claro que la dignidad humana no puede ser negociada. Señaló que, más allá de la situación migratoria de cada persona, lo que jamás debe ponerse en duda es su valor intrínseco. En su voz había algo más que una crítica política: un recordatorio sobre la esencia de la humanidad, esa que se debilita cuando alguien es tratado como si valiera menos por su origen o condición legal.

León XIV se refirió especialmente a los migrantes que llevan años viviendo en Estados Unidos: personas que han trabajado, formado familias y contribuido al crecimiento económico y social del país. Lamentó que muchos de ellos sufran estigmatización, discursos hostiles o actos de violencia. Para el Papa, quienes han edificado una vida no deberían vivir con miedo ni pagar su aporte con rechazo.

La crítica se amplió cuando mencionó los casos documentados de agresiones físicas y verbales contra personas indocumentadas. Habló con serenidad y tristeza de situaciones cotidianas que revelan una fractura moral en el trato al otro. Admitió que estos hechos no solo hieren vidas individuales, sino el alma de toda una nación.

León XIV recordó que existen mecanismos institucionales para resolver situaciones migratorias: tribunales, procesos legales y sistemas de evaluación. Para él, la justicia debe ser el camino, no la humillación. Defendió que respetar la ley nunca debería traducirse en crueldad hacia quienes ya viven en condiciones de vulnerabilidad.

También reconoció el derecho soberano que tiene cada país para manejar sus fronteras. Sin embargo, insistió en que ese derecho debe convivir con principios éticos y humanitarios que eviten la deshumanización. No se trata de renunciar a la seguridad, sino de ejercerla sin borrar la dignidad del otro.

El Papa respaldó el reciente mensaje de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, que denunció deportaciones masivas, separación familiar y un clima de miedo que pesa sobre comunidades enteras. Pidió escuchar estas voces, no solo por el lugar de autoridad desde el que hablan, sino porque nacen del contacto directo con quienes sufren la realidad migrante.

Para León XIV, la migración no es un asunto de cifras o fronteras, sino una crisis de empatía. Por ello, hizo un llamado a creyentes y no creyentes a reflexionar sobre la dignidad como base de toda política pública. También advirtió sobre la negación de atención espiritual a muchos migrantes detenidos, algo que consideró una falta grave, especialmente en momentos donde la fe es una fuente de consuelo.


Aunque estadounidense de nacimiento, el Papa recordó su propia historia familiar vinculada a la migración, lo que lo conecta personalmente con quienes buscan un futuro mejor. Durante su pontificado ha criticado con frecuencia lo que denomina “la cultura del descarte”, esa tendencia a invisibilizar a quienes no encajan en modelos económicos dominantes. Para él, los migrantes son una de las víctimas más evidentes de esa lógica.

Sus palabras no pasaron desapercibidas. Analistas señalaron que podrían generar tensiones en Estados Unidos, especialmente en sectores que defienden políticas migratorias más estrictas. Sin embargo, León XIV pareció dispuesto a asumir el costo de hablar con claridad. Su mensaje fue moral, no partidista, y recordó que su labor consiste en iluminar la conciencia colectiva más que dictar políticas.

Mientras tanto, medios, comentaristas y redes sociales comenzaron a amplificar sus declaraciones. Migrantes compartieron testimonios asegurando sentirse “escuchados por primera vez”. En distintas ciudades estadounidenses se organizaron vigilias y espacios de diálogo inspirados por su intervención, demostrando el poder emocional de sentirse respaldados por una figura de autoridad mundial.

El Papa insistió en distinguir entre seguridad y hostilidad. Afirmó que proteger un país no requiere deshumanizar a quienes buscan entrar en él y que las naciones más fuertes son aquellas capaces de equilibrar protección con compasión.

En uno de los pasajes más citados afirmó: “Nadie debería vivir con miedo por existir”, evocando historias de niños que duermen angustiados ante la posibilidad de que sus padres no regresen del trabajo por haber sido detenidos. Ese tipo de dolor, aseguró, no puede justificarse como parte natural de una política pública.

La intervención de León XIV no solo señaló las fallas del sistema, sino que agradeció a quienes apoyan a las comunidades migrantes: parroquias, voluntarios y familias que abren sus puertas a quienes llegan con miedo y esperanza. En ellos dijo ver “el rostro más auténtico de la misericordia”.

El cierre de su mensaje fue contundente y ya se cita como una de las frases más potentes de su pontificado: “Las fronteras pueden proteger un país, pero no pueden definir la humanidad.” Una línea que resume su posicionamiento en el debate migratorio: la compasión no es opcional, es una obligación moral.

En un mundo marcado por discursos polarizados, su declaración se alza como una invitación a repensar la forma en que vemos al otro, a construir puentes donde otros construyen muros y a recordar que nadie debería ser tratado como si valiera menos por haber nacido del otro lado de una frontera.

La Inteligencia Artificial no es una tendencia pasajera ni una simple herramienta tecnológica: llegó para quedarse, transformar y redefinir la manera en que vivimos, trabajamos y creamos. Bill Gates, uno de los hombres más influyentes en la historia de la tecnología, lo tiene claro: el verdadero reto no es temerle, sino aprender a entenderla y aprovecharla correctamente. En su visión, la IA no debe verse como un reemplazo del ser humano, sino como una extensión de nuestro potencial, una herramienta capaz de ayudarnos a pensar de manera más profunda, a resolver problemas complejos y a crear con mayor eficiencia.

El mundo avanza a una velocidad vertiginosa. La tecnología se reinventa constantemente, y con cada cambio aparecen nuevas oportunidades, pero también nuevos desafíos. Gates lo ha dicho en más de una ocasión: resistirse al cambio es quedarse atrás. Adaptarse, en cambio, es la clave para mantenerse vigente en una era en la que el conocimiento y la innovación son el verdadero poder. Aprender sobre Inteligencia Artificial no es una opción para el futuro; es una necesidad del presente.

En medio de este panorama, la conversación sobre la IA está cargada de debates y polémicas. Desde los artistas que temen perder la esencia humana de la creatividad hasta los trabajadores que sienten que la automatización amenaza sus empleos, el tema ha generado intensas discusiones. Hollywood, por ejemplo, vivió una ola de críticas cuando se presentó a una actriz digital creada con IA, reavivando el eterno dilema entre la tecnología y el arte. Pero Gates es claro: la Inteligencia Artificial no es un enemigo del ser humano, sino una herramienta que, usada con criterio, puede potenciar la creatividad y la productividad. La clave está en usarla con moderación, sin abusar, y sin permitir que sustituya el pensamiento ni la sensibilidad humana.

Para quienes buscan comprender esta revolución tecnológica desde una mirada inteligente y realista, Bill Gates tiene una recomendación literaria que considera esencial: La ola que viene (The Coming Wave), de Mustafa Suleyman. En su blog GatesNotes, el fundador de Microsoft aseguró que este libro es su favorito sobre el tema y que debería ser lectura obligada para líderes, empresarios, políticos y cualquier persona interesada en el futuro de la humanidad.

“Cuando me preguntan sobre inteligencia artificial, sus preguntas suelen resumirse en esto: ¿de qué debería preocuparme y hasta qué punto?”, escribió Gates. “Durante el último año, les he respondido recomendándoles que lean La ola que viene de Mustafa Suleyman. Es el libro que más recomiendo sobre IA, porque ofrece algo excepcional: una visión clara tanto de las extraordinarias oportunidades como de los auténticos riesgos que nos aguardan”.

El libro de Suleyman —cofundador de DeepMind, una de las compañías de inteligencia artificial más influyentes del mundo— no se limita a explicar cómo funciona esta tecnología. Va mucho más allá. Es un viaje lúcido y reflexivo sobre el presente y el futuro de la humanidad en una era donde los algoritmos aprenden, crean y deciden con una rapidez sin precedentes. Suleyman combina su experiencia personal con una mirada crítica sobre los riesgos reales que enfrentamos: desde la disrupción económica que podría transformar el mercado laboral, hasta la posibilidad de que la IA caiga en manos equivocadas, multiplicando su poder destructivo.

En su análisis, Gates destaca tres grandes amenazas que el autor plantea y que debemos considerar con seriedad. La primera es la velocidad del cambio tecnológico y cómo puede afectar la economía global, transformando la naturaleza del trabajo y eliminando empleos que, hasta hace poco, parecían seguros. La segunda es el desafío del control: garantizar que los sistemas de IA sigan alineados con los valores e intereses humanos a medida que se vuelven más sofisticados. Y la tercera, quizás la más inquietante, es el riesgo de que la IA sea utilizada por actores malintencionados, capaces de realizar ciberataques, manipular información o incluso crear armas biológicas.

Gates reconoce que este último punto es el más delicado y lo denomina “el desafío de la contención”. “¿Cómo limitamos los peligros de estas tecnologías y, al mismo tiempo, aprovechamos sus beneficios?”, plantea. “Esa es la pregunta central de La ola que viene, porque la contención es fundamental para todo lo demás. Sin ella, los riesgos de la IA y la biotecnología se agudizan aún más. Al abordarlo primero, creamos la estabilidad y la confianza necesarias para enfrentar todo lo demás”.

Más que un libro técnico, La ola que viene es una llamada a la reflexión. Nos invita a mirar de frente un futuro que ya está aquí, a entender que el progreso no se puede detener, pero sí se puede dirigir. Suleyman propone que tanto la Inteligencia Artificial como otros avances científicos y tecnológicos tienen el poder de transformar la sociedad de maneras drásticas, y que solo podremos navegar esa ola si estamos preparados, informados y conscientes de su alcance.

Bill Gates, fiel a su estilo, no busca asustar al mundo con advertencias apocalípticas. Su mensaje es de aprendizaje, adaptación y optimismo informado. Porque, al final, el conocimiento sigue siendo la mejor herramienta para enfrentar el cambio. Y quizá ese sea el verdadero mensaje detrás de su recomendación: no temerle a la ola, sino aprender a surfearla.

El príncipe Harry y Meghan Markle están disfrutando al máximo su vida en Estados Unidos. Desde que se mudaron del Reino Unido a California hace ya más de cinco años, los duques de Sussex han sabido encontrar un equilibrio entre su vida familiar y sus apariciones públicas. Tras compartir recientemente un vistazo de sus celebraciones de Halloween junto a sus hijos, Archie y Lilibet, en un colorido campo de calabazas, la pareja decidió continuar con el espíritu festivo en un escenario muy diferente: el estadio de los Los Angeles Dodgers.

Sentados uno al lado del otro en la primera fila, Harry y Meghan fueron captados disfrutando del partido desde una ubicación privilegiada, a solo unos pasos del campo. Ambos lucían relajados, sonrientes y muy atentos al juego, aplaudiendo y comentando los momentos más emocionantes de la noche. Su complicidad fue evidente: entre risas, miradas cómplices y gestos cariñosos, dejaron claro que disfrutan cada instante juntos.

El príncipe Harry y Meghan Markle disfrutando del juego de beisbol

En cuanto a estilo, Meghan volvió a reafirmar su elegancia natural. La duquesa eligió una camisa blanca de corte holgado, combinada con un suéter azul marino sobre los hombros y pantalones oscuros, un look clásico y moderno a la vez. Harry, por su parte, apostó por la sencillez con una camiseta blanca, chaqueta azul marino y pantalones a juego. Pero los accesorios que se llevaron toda la atención fueron sus gorras azules de los Dodgers, que usaron durante todo el encuentro, como verdaderos fanáticos del emblemático equipo angelino.

Harry y Meghan animaron a Los Angeles Dodgers y aplaudieron

Meghan comparte los mejores momentos de la velada

Al día siguiente, Meghan Markle llevó el entusiasmo al mundo digital. La duquesa compartió en sus historias de Instagram algunos vistazos de la divertida cita nocturna con Harry. En una de las imágenes, se la ve posando junto a una de las leyendas más grandes del deporte, aunque no del béisbol, sino del baloncesto: Magic Johnson. En la foto, los Sussex aparecen sonrientes junto al exjugador de la NBA y su esposa, Cookie, con el campo iluminado de fondo. “Sobre anoche. Juego de los Dodgers”, escribió Meghan, quien firmó la publicación con el nombre de su marca, As Ever.

Johnson, cabe destacar, es uno de los miembros del consorcio Guggenheim Baseball Management, propietario de los Dodgers, lo que añade un toque aún más especial al encuentro.

Megham Markle y el príncipe Harry disfrutaron el juego de los Dodgers con anfitriones de lujo: Magic Johnson y su esposa Cookie.

En un breve video, Meghan también mostró parte del recorrido de la pareja por la sala de trofeos del equipo, además de un momento divertido en el que fue captada comiendo un sándwich mientras Harry animaba con entusiasmo desde sus asientos VIP. Y, como recuerdo de la noche, todo parece indicar que los Sussex se llevaron a casa una pelota del juego: el souvenir perfecto para una cita inolvidable en Los Ángeles.

Cuando Mary Shelley escribió Frankenstein, apenas había cruzado la frontera de la adolescencia. Lo hizo entre la oscuridad, los truenos y las conversaciones intelectuales que moldearon una de las obras más revolucionarias del siglo XIX. En ese momento, quizá no imaginaba que estaba dando vida a una criatura que trascendería generaciones, ni que su historia de horror y humanidad se convertiría en un espejo eterno del alma humana. Pero lo hizo. Y más de dos siglos después, Frankenstein sigue latiendo.

Guillermo del Toro lo sabe. Lo siente. Lo honra. Desde hace años, el director mexicano soñaba con reimaginar la historia de Shelley, y hoy, ese sueño cobra forma, color y textura. Su versión de Frankenstein no es solo una película: es una obra poética, oscura y profundamente emocional. Es un diálogo entre el pasado y el presente, entre la autora y el cineasta, entre la creación y la destrucción.

El universo de Del Toro siempre ha sido un refugio para lo que otros llaman monstruoso. Desde Cronos hasta El laberinto del fauno, ha demostrado que el horror puede ser hermoso, que el miedo puede tener alma, y que las criaturas  esas que la sociedad teme o rechaza  pueden ser los personajes más humanos de todos. En Frankenstein, esa filosofía alcanza su máxima expresión.

Desde el primer plano, la película respira como un sueño gótico. Los escenarios parecen esculturas vivas, los colores dialogan entre sí como si fueran emociones, y cada detalle está cargado de un simbolismo que trasciende lo visual. La leche, el rojo intenso, las cicatrices sobre la piel de la criatura: todo tiene un sentido. Nada es casual. Todo fue pensado como si cada elemento formara parte del alma misma de la historia

Del Toro siempre ha sido un maestro de la forma, pero aquí demuestra también su dominio del fondo. En su versión, el Frankenstein de Mary Shelley no es solo una fábula sobre la ciencia y la creación; es una meditación sobre el ego, la pérdida, la venganza y la búsqueda de identidad. El director convierte el mito en un espejo emocional donde se reflejan la culpa, la necesidad de ser amado y el terror de ser rechazado por quien te dio la vida.

El elenco es, simplemente, deslumbrante. Oscar Isaac, Jacob Elordi y Mia Goth se sumergen en sus papeles con una entrega que se siente cruda y honesta. Isaac encarna a un Víctor Frankenstein obsesionado con desafiar los límites de la naturaleza, pero atormentado por su propio reflejo. Mia Goth, magnética y frágil, aporta una presencia etérea, casi fantasmal, que recuerda a las musas trágicas de las novelas victorianas. Y Jacob Elordi, como la criatura, alcanza un nivel de vulnerabilidad pocas veces visto en el cine de terror.

Su monstruo no es un ser grotesco. Es una figura que conmueve, que provoca ternura y miedo al mismo tiempo. Su rostro, aunque impactante, revela una humanidad que atraviesa la pantalla. Del Toro y el diseñador Mike Hill se alejaron del cliché visual del monstruo de tornillos y costuras para crear un cuerpo simbólico, casi sagrado. La herida en la costilla recuerda a las representaciones de Cristo, mientras que la sección cuadrada sobre el corazón representa la manipulación de lo que debería ser puro. El cuerpo de la criatura se convierte en un lienzo de dolor, una metáfora del alma rota que intenta recomponerse.

La fotografía es una obra maestra por sí misma. Los tonos dorados contrastan con el frío del acero, la penumbra se mezcla con el resplandor de la luz natural, y el vestuario de texturas densas, bordados detallados y estructuras casi escultóricas convierte cada aparición en un cuadro barroco. Nada en la película está puesto al azar. Cada encuadre es una declaración estética y emocional. Del Toro no filma, compone. No ilumina, revela.

Pero más allá de su belleza formal, Frankenstein es una historia contada con dos almas. En la primera mitad, escuchamos la voz de Víctor Frankenstein, el creador que busca justificar su ambición y sus errores. En la segunda, la narrativa cambia: es la criatura quien toma la palabra, quien narra su propio dolor, su desolación y su ira. Lo que parecía una historia de horror se transforma entonces en una meditación sobre la verdad, la culpa y la redención. La pregunta deja de ser “¿quién es el monstruo?” para convertirse en “¿quién tiene derecho a crear y a abandonar?”.

Esta dualidad narrativa es uno de los mayores aciertos de la película. Del Toro no juzga, observa. No elige bando, construye puentes. El resultado es una experiencia cinematográfica que invita a mirar hacia adentro, a reconocer las propias sombras y las cicatrices que el mundo nos deja.

Guillermo del Toro no busca asustar; busca conmover. Su terror es introspectivo, lleno de melancolía y de una belleza trágica que duele. Como Shelley, entiende que lo monstruoso no está en las costuras del cuerpo, sino en las grietas del alma. Y en esas grietas, paradójicamente, habita la luz.

Frankenstein no es solo una adaptación fiel: es una reinvención íntima. Es Del Toro hablando con Shelley a través de los siglos, uniendo sus voces en un mismo corazón palpitante. Tal vez no sea su película más redonda El laberinto del fauno sigue siendo su obra cumbre, pero sí es una de las más personales y emocionalmente potentes de toda su filmografía.

Verla en pantalla grande no es una recomendación, es una necesidad. Porque solo en la oscuridad del cine, envueltos por la magnitud de sus imágenes, se puede sentir la grandeza de esta tragedia gótica. Es un recordatorio de que el arte, como la vida, nace de la imperfección, del deseo, del miedo y del amor.

Estrena en cines el 23 de octubre, y llegará a Netflix el 3 de noviembre. Hasta entonces, solo queda prepararse para mirar a los ojos de una criatura que, más que un monstruo, es un reflejo de todos nosotros.

La música es un lenguaje universal que trasciende idiomas, fronteras y generaciones. El Coro Nacional de Niños del Perú es prueba viva de ello: un elenco que durante tres décadas ha cultivado disciplina, talento y pasión, convirtiéndose en uno de los proyectos artísticos más emblemáticos del país. Este 2025, el coro celebra su 30.º aniversario con una serie de conciertos gratuitos en distintas regiones del territorio nacional, como parte de la Gira Cultura 2025, organizada por el Ministerio de Cultura.

Más que una celebración, la gira es un manifiesto cultural: un recordatorio de que la música coral no pertenece únicamente a las salas de concierto de Lima, sino también a los templos, plazas y auditorios de todas las regiones del Perú. Con cada presentación, el Coro Nacional de Niños reafirma su compromiso con la descentralización de la cultura y el derecho de todos los ciudadanos a disfrutar de expresiones artísticas de primer nivel.

El recorrido inicia en Cusco, una ciudad que guarda un profundo simbolismo histórico y cultural. Allí, el coro ofrecerá conciertos en dos escenarios icónicos: la majestuosa Catedral del Cusco, joya arquitectónica y espiritual del periodo colonial, y la Iglesia de San Pedro Apóstol de Andahuaylillas, conocida como la “Capilla Sixtina de América” por la riqueza de sus murales y decoraciones.

El repertorio seleccionado para estas presentaciones combina obras de la tradición clásica, composiciones contemporáneas y piezas representativas del acervo musical peruano. Esta mezcla busca honrar la trayectoria del coro y, al mismo tiempo, conectar con públicos diversos que, en muchos casos, no tienen un acceso directo y frecuente a la música coral. El resultado es un puente entre pasado y presente, entre lo universal y lo local, entre la solemnidad del arte académico y la calidez de las tradiciones nacionales.

Coro Nacional de Niños en Cusco

La Gira Cultura 2025 trasciende el simple calendario de conciertos. Es, ante todo, un esfuerzo por democratizar el acceso a la cultura. El ingreso libre a cada espectáculo permite que familias enteras vivan una experiencia enriquecedora, en la que la música se convierte en un espacio de encuentro y cohesión.

En tiempos donde la oferta cultural suele concentrarse en las grandes capitales, este tipo de iniciativas descentralizadas tienen un valor inmenso. No se trata únicamente de llevar un espectáculo, sino de generar una experiencia colectiva: niños, jóvenes y adultos reunidos en torno a la música, compartiendo un mismo momento que fortalece la identidad y el sentido de pertenencia.

Además, el impacto educativo de estas giras es innegable. Muchos niños que asisten a los conciertos encuentran en los coristas un ejemplo a seguir, un recordatorio de que el arte es también un camino de disciplina, formación y oportunidad. El coro no solo canta para su público, sino que inspira a nuevas generaciones a acercarse al arte, al esfuerzo colectivo y a la búsqueda de la excelencia.

Cumplir 30 años no es un dato menor. Para el Coro Nacional de Niños del Perú, este aniversario es la confirmación de que el arte, cultivado desde temprana edad, tiene la capacidad de transformar vidas. La gira no se limita a celebrar logros pasados: proyecta hacia el futuro la importancia de seguir invirtiendo en cultura como herramienta de identidad, cohesión social y orgullo nacional.

Cada presentación del coro encierra un mensaje: en cada nota, en cada armonía coral, no solo escuchamos voces infantiles, sino al Perú cantando al unísono. Escuchamos un país diverso, con raíces múltiples, que encuentra en el arte un espacio de unión y esperanza.

El éxito del Coro Nacional de Niños del Perú en estos 30 años también es un recordatorio del valor de la continuidad en las políticas culturales. Proyectos como este requieren de apoyo constante, visión a largo plazo y recursos que aseguren su sostenibilidad. La Gira Cultura 2025 no es solo una fiesta musical; es una demostración palpable de lo que ocurre cuando el Estado, los artistas y las comunidades trabajan juntos para fortalecer el tejido cultural del país.

La celebración de los 30 años del Coro Nacional de Niños no es únicamente una mirada al pasado. Es, sobre todo, una invitación a pensar en el futuro: en cómo el arte puede seguir siendo un motor de desarrollo humano y social. Al recorrer las regiones del Perú, este elenco demuestra que la música coral no es un lujo, sino un derecho cultural que enriquece la vida de todos los ciudadanos.

En definitiva, la Gira Cultura 2025 convierte un aniversario en un hito nacional. Más allá de las cifras y los escenarios, lo que se celebra es la fuerza del arte como lenguaje compartido, como memoria viva y como promesa de un país que, a través de la música de sus niños, canta su presente y proyecta su futuro.

La gastronomía peruana vuelve a conquistar el mundo y, esta vez, lo hace en uno de los escenarios más vibrantes, diversos y cosmopolitas del planeta: Nueva York. Del 19 al 21 de septiembre, la feria “Perú Mucho Gusto” llegará a Brooklyn con una propuesta que trasciende los sabores y se convierte en una experiencia multisensorial: una muestra viva de identidad, creatividad y orgullo cultural.

Este importante evento reunirá lo mejor de la cocina peruana, desde los ceviches, anticuchos, causas, tamales, ajíes y otros platos emblemáticos que enamoran tanto a peruanos como a extranjeros, hasta productos de exportación como el pisco, el café, el chocolate y los reconocidos superfoods andinos —como la quinua, el camu camu y la maca— que hoy son tendencia global.

Pero lo más fascinante de esta feria es que no se limita únicamente a lo gastronómico. La cultura peruana en su conjunto estará presente a través de danzas típicas, música en vivo, artesanía tradicional y otras expresiones artísticas que dialogan con el público neoyorquino. De esta manera, “Perú Mucho Gusto” se convierte en un espacio de intercambio y descubrimiento, donde el Perú se proyecta como un país moderno, diverso y profundamente arraigado en sus tradiciones.


Mucho más que una feria gastronómica

Más allá del evento en sí, “Perú Mucho Gusto” representa un movimiento cultural, diplomático y económico de gran alcance. Cada edición es una vitrina internacional que impulsa la Marca Perú, fortalece la presencia del país en mercados estratégicos y abre nuevas oportunidades para la exportación de productos peruanos y el desarrollo del turismo gastronómico.

En una ciudad como Nueva York, donde confluyen culturas de todo el mundo, esta feria también es una declaración de identidad: la cocina peruana no es solo una tendencia pasajera, sino un patrimonio vivo y dinámico que sigue evolucionando, cautivando paladares y ganando prestigio global.


Gastronomía: embajadora cultural del Perú

La cocina peruana se ha consolidado como uno de los motores culturales y turísticos más poderosos del país. No es casualidad que Perú haya sido reconocido en numerosas ocasiones como el «Mejor Destino Culinario del Mundo» por organismos internacionales. Iniciativas como “Perú Mucho Gusto” refuerzan esa posición, mostrando al mundo que detrás de cada plato hay una cadena de valor que incluye a agricultores, pescadores, productores, cocineros, emprendedores y comunidades que mantienen vivas las tradiciones.

Además, este tipo de eventos promueven el turismo gastronómico, una de las industrias con mayor potencial de crecimiento, atrayendo visitantes interesados no solo en probar nuevos sabores, sino en conocer las historias, ingredientes y costumbres que los hacen únicos.


El Perú llega a la Gran Manzana

Mientras los chefs peruanos se preparan para sorprender con creatividad, sabor e innovación, lo que queda claro es que la gastronomía ya se ha consolidado como la gran embajadora cultural del Perú ante el mundo. Y esta vez, será la Gran Manzana la que se rinda ante la riqueza, el sabor y la tradición de la cocina peruana.

“Perú Mucho Gusto” en Nueva York no es solo una feria: es una celebración de lo que somos, un puente entre culturas y una oportunidad para que el Perú siga brillando con luz propia en el escenario global.

Primer vistazo a Mistura, la nueva cinta protagonizada por Bárbara Mori que tiene como eje la gastronomía peruana

La más reciente propuesta cinematográfica de Ricardo de Montreuil nos transporta a la Lima de 1965, una ciudad vibrante y en plena transformación, donde la gastronomía peruana se convierte en el eje narrativo de la historia. Este filme no solo destaca por su cuidada ambientación histórica y su mirada a una época crucial para la identidad cultural del país, sino también por situar a la cocina peruana como auténtica protagonista, celebrando sabores, tradiciones y encuentros alrededor de la mesa.

Considerada ya como una de las producciones nacionales más esperadas del año, la película combina drama, cultura y memoria colectiva en un relato que promete emocionar tanto a cinéfilos como a amantes de la gastronomía. Con un elenco de primer nivel y una dirección que apuesta por resaltar lo mejor del patrimonio culinario del Perú, esta obra se perfila como un hito dentro del cine peruano contemporáneo.

Bárbara Mori protagoniza «Mistura»

Aquí compartimos nuestras primeras impresiones sobre una cinta que busca dejar huella en la pantalla grande y en el paladar emocional del espectador.

“Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir”, escribió César Vallejo en uno de sus versos más memorables. Aunque Mistura se presenta, a primera vista, como una historia centrada en la gastronomía peruana, Ricardo de Montreuil le imprime al filme un aire de poesía y un trasfondo de desamor. A través de la mirada serena y penetrante de Bárbara Mori, Norma Piet —su personaje, una mujer conservadora que refleja la Lima de 1965— se convierte en la voz del Perú desde la cocina, pese a tener raíces francesas. Con ello, deja en evidencia ante una sociedad clasista y descarada que su verdadero valor radica en la forma en que enfrenta y supera las adversidades de la vida.

El regreso de Christian Meier y Bárbara Mori

Han pasado ocho años desde que Ricardo de Montreuil estrenó su último largometraje, Lowriders (2016), pero el director peruano tenía claro que su siguiente paso debía ser especial: una verdadera “carta de amor al Perú”. Así nació Mistura, un proyecto que combina cine, historia y gastronomía para rendir homenaje a la identidad cultural del país. Para hacerlo realidad, Montreuil convocó al productor peruano Iván Orlic, ampliamente reconocido en la industria por su trabajo en la biografía cinematográfica Pelé (2016).

Además, reunió a dos rostros que marcaron su debut en la gran pantalla con La mujer de mi hermano (2005): Christian Meier y Bárbara Mori, quienes regresan bajo su dirección para encarnar personajes clave en esta nueva historia. La apuesta no solo es un guiño a su trayectoria, sino también una manera de reforzar la conexión emocional con el público latinoamericano.

En varios sentidos, Mistura es el proyecto más maduro y logrado de Montreuil desde su última incursión en festivales internacionales. Su cuidada ambientación en la Lima de 1965, el énfasis en la gastronomía como elemento narrativo y la sensibilidad poética que atraviesa la cinta marcan un punto de evolución en su carrera. La película no solo busca conquistar a los espectadores locales, sino también abrirse un espacio en el panorama internacional, donde la cocina peruana y la fuerza de sus historias pueden resonar con audiencias de todo el mundo.

El guion se construye como un melodrama clásico, un género profundamente apreciado en Latinoamérica, donde los personajes se mueven entre tensiones de clase, amores imposibles y duelos personales. Desde el inicio se revela que Norma creció marcada por la influencia francesa de su padre embajador, aunque lo esencial de la trama se desarrolla dentro de su propia casa. Allí, esta mujer blanca, aristocrática y emocionalmente fracturada, convive con un mayordomo afroperuano (César “Pudy” Ballumbrosio), una cocinera (Hermelinda Luján) y un chef nikkei (Tomás “Toshi” Matsufuji). Ese microcosmos se convierte en un reflejo metafórico de la diversidad cultural que define al Perú.

La verdadera fortaleza de la película, sin embargo, reside en su lenguaje visual, gracias al trabajo del director de fotografía Nicolás Wong. La reconstrucción de la Lima de 1965 se muestra con una textura única, lograda mediante lentes Panavision antiguos, lo que otorga autenticidad y un aire nostálgico a cada plano.

Aunque para algunos los periódicos puedan parecer simples elementos de utilería, en Mistura cumplen un papel narrativo fundamental: recrean la atmósfera de una época en la que las críticas gastronómicas y los anuncios impresos podían definir el destino de un restaurante. Un ejemplo brillante de ello es la escena en la que se presenta una página ficticia informando que David Rockefeller degustó anticuchos en el Rímac durante una visita diplomática, recurso que refuerza la sensación de historicidad y contexto social que atraviesa toda la cinta.

Escena de «Mistura»

Por otra parte, aparece la figura central: Bárbara Mori se convierte en el pilar de Mistura y representa, al menos, el 60 % de su impacto. A diferencia del dramatismo evidente que mostró en producciones como Rubí o Treintona, soltera y fantástica, aquí la actriz se apoya en la contención para dar vida a Norma, una mujer que enfrenta el dolor de la traición con fisuras emocionales. Mori logra un acento limeño convincente gracias al acompañamiento de su coach actoral, Óscar Beltrán, y desarrolla un recorrido interpretativo que transita desde la frialdad y el control hasta la exposición de su vulnerabilidad. Cuando el personaje comprende que su vínculo con la gastronomía era esencial en su destino, deja atrás la fachada aristocrática. Presenciar ese proceso de liberación femenina resulta cautivador.

César Pudy Ballumbrosio sorprende en su primera aparición en el cine, aportando autenticidad y sensibilidad a través de la relación con Mori. Su interpretación destaca por la fuerza de los gestos y silencios, convirtiéndose en la representación de un Perú afrodescendiente invisibilizado en esa época. Un poema que recita sobre romper normas simboliza el espíritu de la película.

Por su parte, Christian Meier interpreta a un esposo infiel con un perfil oscuro y desagradable, un rol poco común en su trayectoria, pero efectivo en cada aparición. Su hijo, Stefano Meier, encarna al joven rebelde que desafía las convenciones, reflejando el contraste entre lo moderno y lo tradicional de los años sesenta.

La puesta en escena destaca por integrar la comida como parte esencial de la narrativa. Los platos, como el “estiradito” que fusiona influencias peruanas y japonesas, reflejan el mestizaje de la gastronomía nacional. Norma encarna la huella francesa en esa mezcla, aportando una lectura política sobre herencias y resistencias culturales. Aunque los sabores abren el apetito, lo central es el lenguaje íntimo y la idea de comunidad. En un país donde la comida es identidad, pocas películas habían retratado con tanto cariño esa unión entre cultura y emociones.

La nueva comedia de Juan Carlos Fisher llega al Teatro Peruano Japonés con un elenco de lujo, entre ellos Patricia Barreto, Andrés Wiese, Katia Condos y más.

Próximamente se estrenará en el Teatro Peruano Japonés la comedia musical «Un robo hasta las patas», dirigida por Juan Carlos Fisher. La obra, que subirá a escena el 29 de junio de 2025 y tendrá una duración aproximada de 120 minutos, retoma el tono alocado de su predecesora Hasta las patas. En esta ocasión, el público será transportado a un pintoresco pueblo norteamericano de los años cincuenta, donde un valioso diamante descansa en la cámara acorazada de un banco local. Lo que debía ser un atraco impecable termina convertido en un torbellino de enredos y malentendidos que promete carcajadas sin freno.

El elenco reúne a destacadas figuras del teatro limeño: Patricia Barreto, Andrés Wiese, Emilram Cossío, Monchi Brugué, Katia Condos, Claret Quea, Emanuel Soriano, Óscar Meza, Sebastián Ramos y Ricardo Velásquez. Todos ellos dan vida a un grupo de ladrones entusiastas, aunque completamente inexpertos, cuyas torpezas desatan una cadena de situaciones inesperadas y disparatadas.

Según la sinopsis oficial:
«Ambientada en los años cincuenta, esta comedia de alto voltaje nos transporta a un pequeño pueblo estadounidense donde un banco guarda un diamante de incalculable valor. Pero cuando un grupo de ladrones incompetentes decide robarlo, lo que parecía un plan perfecto se convierte en un desastre lleno de equívocos, confusiones y situaciones completamente disparatadas».

Bajo la dirección del experimentado Fisher, la puesta en escena apuesta por una comedia con tintes de slapstick, en la que nada sale según lo planeado y el público se convierte en cómplice de cada tropiezo y giro de la trama. Conocido por su versatilidad, Fisher mantiene además un recurso que ya ha utilizado en montajes previos: la interacción con la audiencia y la ruptura ocasional de la cuarta pared.

Cabe recordar que en octubre de 2022, Fisher dirigió Mamma Mia! en el Teatro Rialto de Madrid, producción que se consagró como un éxito rotundo.

Con al menos seis capítulos, la producción narraría la historia del rey Juan Carlos I desde 1975 hasta 2014, incluyendo escándalos financieros, relaciones sentimentales y decisiones políticas clave, en un formato de ficción inspirado en la realeza británica.

El rey emérito estaría negociando, a través de sus abogados, un contrato con Netflix para producir una serie de ficción basada en su vida. La iniciativa busca aprovechar el lanzamiento de su libro de memorias, Reconciliación, previsto para el 12 de noviembre —justo antes del 50 aniversario de su proclamación—, como punto de partida para el proyecto audiovisual.

El formato planteado se asemejaría al de The Crown, la exitosa serie sobre la familia real británica. En este caso, serían al menos seis episodios inspirados en hechos reales y protagonizados por actores. La producción recrearía tanto los acontecimientos políticos que marcaron su reinado, desde 1975 hasta 2014, como aspectos de su vida personal.

Ex Rey Juan Carlos I

Netflix trasladó la propuesta de manera directa, enviando a uno de sus altos ejecutivos a Abu Dabi para exponer al monarca los detalles de la producción y el alcance internacional del estreno. Entre los episodios que formarían parte de la narrativa estarían los problemas fiscales del emérito, que salieron a la luz hace cinco años a raíz de una donación saudí de 100 millones de dólares, así como sus relaciones sentimentales más mediáticas, entre ellas con la reina Sofía, Corinna Larsen y Bárbara Rey.

La cifra que la plataforma estaría dispuesta a pagar por los derechos rondaría los 20 millones de euros, aunque en el entorno de Juan Carlos I se considera elevada. En Abu Dabi, el exmonarca cuenta con el asesoramiento de Abdul Rahman El Assir, un traficante de armas de origen libanés y nacionalidad española que reside en Emiratos Árabes tras huir de la justicia en Francia y España, donde se le reclaman 90 millones de euros en impagos y sanciones.

La operación coincide con un momento clave en la situación financiera de Juan Carlos I. Recientemente devolvió la totalidad de los préstamos que, en 2021, recibió de personas de su confianza para cubrir una segunda regularización fiscal con la Agencia Tributaria por más de cuatro millones de euros. Este reembolso podría estar vinculado al avance de las negociaciones con Netflix.

En su primera regularización, en noviembre de 2022, el monarca recurrió a un crédito bancario para abonar más de 678 mil euros en impuesto de donaciones relacionados con obsequios del empresario mexicano Allen Sanginés-Krause. Para la segunda, varios empresarios consignaron sus préstamos ante notario. Los involucrados eran conscientes de que estas operaciones financieras serían examinadas por la Fiscalía del Tribunal Supremo, que en ese momento investigaba posibles delitos fiscales posteriores a su abdicación en 2014, así como por la Agencia Tributaria. La identidad de los prestamistas permanece bajo reserva por decisión expresa de los implicados.

No es la primera ocasión en que el emérito recibe apoyo económico de su entorno cercano. En 2004, el empresario catalán Josep Cusí cubrió, junto con el propio monarca, parte de los gastos de la luna de miel de los entonces príncipes Felipe y Letizia.

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